Trabajo

El efecto combinado de los programas de ajuste estructural, el aumento de la movilidad del capital y la globalización de la producción ha sido una pérdida de trabajos masiva y empleo precario en muchos países durante los últimos 30 años. Los ataques al bienestar social, la salud y la educación, así como a la privatización, el alto desempleo y las tácticas de mano dura contra la organización sindical, han revertido los frutos de la lucha arduamente ganados. En nombre de la competitividad global, los trabajadores son enfrentados unos a otros, en una competencia total, donde solamente el jefe puede ganar.

Los acuerdos internacionales de libre comercio e inversión son un vehículo importante para la transferencia de poder desde el trabajo al capital. Mientras a las transnacionales se les conceden cada vez mayores derechos para comerciar e invertir a través de la economía global, los trabajadores son, cada vez más, tratados como mercancías en la cadena de valor global, sobre la cual no tienen control. Las élites capitalistas transnacionales que se posicionan en lo alto de estas redes globales de producción pueden cambiar libremente de proveedores en busca de costos de mano de obra más bajos o mayor productividad, dejando detrás de esto una devastación social de la cual, sucesivas generaciones, no son capaces de recuperarse.

La nueva generación de TLCs del siglo veintiuno buscan ahora intensificar este desequilibrio, eliminando más todavía los estándares sociales y las regulaciones de mercado que tradicionalmente han servido para limitar el poder del capital transnacional. La eliminación de estas “barreras” regulatorias para el comercio forma el pilar central de la ola más reciente de TLCs, a través de las cuales las corporaciones transnacionales estarán libres de cualquier restricción que podría haber permitido a la mano de obra participar de los beneficios del comercio o la inversión. Los trabajadores crean la riqueza y las élites corporativas la acumulan.

Una antigua estrategia apoyada por los sindicatos en el Norte global, fue presionar por los capítulos sociales en los TLC, como un medio de mitigar los peores efectos de la liberalización del mercado. Esta estrategia es reconocida actualmente como inefectiva, ya que muchas de las medidas nunca podrían compensar la devastación causada por exponer a las empresas nacionales a una competencia desigual con las corporaciones transnacionales. El historial de desindustrialización y desempleo masivo en los inicios de la liberalización del comercio impuesta a los pueblos de África y América Latina, sólo muestra el gran precio que los trabajadores tuvieron que pagar por estas políticas. Las experiencias negativas de los trabajadores de Estados Unidos, Canadá y México como resultado del NAFTA es un recordatorio de que los trabajadores en los países más ricos también son vulnerables.

Durante mucho tiempo, los sindicatos en el Sur global han desempeñado un papel importante en los movimientos sociales de resistencia a los acuerdos de libre comercio e inversión. En Corea, miles de miembros de KCTU participaron en movilizaciones nacionales contra los TLC EEUU-Corea y UE-Corea. Trabajadores de América Central se opusieron activamente al CAFTA, como los del sector de la energía y telecomunicaciones en Costa Rica y los trabajadores de la educación en Guatemala. Actualmente, sindicatos del Norte se están uniendo a estos movimientos de resistencia: las federaciones sindicales europeas más importantes se han pronunciado en contra del CETA y TTIP, por ejemplo, así como la AFL-CIO llamó a un alto a las negociaciones del TPP por temor al impacto sobre los trabajadores de los Estados Unidos. La federación global de sindicatos PSI también se ha pronunciado en contra del acuerdo de liberalización de los servicios, TiSA, el que amenaza con debilitar los servicios públicos así como el empleo en el sector público.

Las asociaciones de trabajadores migrantes también han formado parte del movimiento contra los TLC. Los acuerdos de libre comercio e inversión han resultado en trastornos sociales que han forzado a las personas a migrar desde sus campos, trabajos, familias y comunidades, a una explotación como trabajadores migrantes, ya sea internamente dentro de su propio estado o en otros países. Al mismo tiempo, el número creciente de TLCs que incluyen disposiciones sobre la movilidad del trabajo temporal, han sido condenados por perjudicar aún más a los trabajadores, llevando a las personas a migrar, a la vez que se les niegan derechos básicos en los países donde su presencia es altamente precaria y a menudo utilizada por los empleadores para deteriorar aún más los estándares laborales. Solamente cuando los trabajadores no sean más relegados a la condición de mercancías que sirven a las estrategias económicas de la élite capitalista, podrá haber alguna esperanza de su liberación de esta explotación.

Contribución de John Hilary, War on Want

última actualización: diciembre de 2015


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