El atrevimiento

El atrevimiento

Por Andrés Ugalde V., 4-9-11

Nuevo proceso de coacción internacional. ¿Protagonista? el Congreso de los EE.UU., como no podía ser de otra manera. ¿Motivo? El nuevo Tratado de Libre Comercio y apertura comercial firmado por Colombia más el atrevimiento de haber elegido un nuevo socio que, esta vez, fue Canadá.

Acuerdo ciertamente riesgoso ante la diametral diferencia entre esta economía latinoamericana y la canadiense que, junto a la voracidad del mercado internacional, pone en la cuerda floja todo el aparato micro empresarial y productivo de Colombia – verdadero sustento de nuestras economías – que poco puede hacer frente a la desenfrenada invasión de productos básicos y millonariamente subsidiados por los no intervencionistas gobiernos norteamericanos. Ciertamente los campeones del libre mercado.

Cuestión delicada si se considera que es precisamente el sector micro empresarial el que emplea a la inmensa mayoría de la población activa. Empleos que se ponen en riesgo frente al avance inmisericorde la las grandes multinacionales que sacrifican la mano de obra en el altar de la eficiencia mientras se apropian de las patentes y derechos de comercialización y distribución de los productos y servicios que antes fueron de aquellas empresas que quedaron a lo largo del camino. Una paradójica forma de neocolonia donde, al final del cuento, los pequeños productores acaban pagando cuando compran y cuando venden también...

Y es así como, hipnotizados por el artificial asenso del PIB, se mira impávido el crecimiento de la pobreza y el deterioro de la condiciones de vida de la población. Al menos hasta que comprendan que crecimiento y desarrollo no son, necesariamente, lo mismo. Sin embargo, hay que reconocerlo, al menos este nuevo TLC suprime algunas de la perniciosas cláusulas del TLC anterior con el que el gobierno de EE.UU. secuestró económica y políticamente a nuestros vecinos del norte. Al menos esta vez no tendrán que tolerar una intrusión militar bajo la coartada de la lucha contra las drogas. Es decir, es un tratado un poco más humano y menos invasivo.

Sin embargo, tan pronto se estampó la firma en el nuevo acuerdo, se dispararon las alarmas del imperio que –celoso guardián de sus feudos– mira incrédulo el atrevimiento de este siervo. Así, de un día para otro, los líderes demócratas y republicanos se han imbuido de un febril interés por retomar todos esos viejos acuerdos que, una vez firmados para garantizar la obediencia y legitimar el despojo, se han ignorado e incumplido a placer o se han suspendido en los ignotos archivos de Washington. Más aún, llenos de santa indignación, los líderes del imperio han hecho notar que –de ocurrírsele a Canadá la peregrina idea de cumplir sus promesas– sus empresas se verán afectadas dramáticamente. Desde luego, bien conocido es entre los piratas que las víctimas no se comparten y, sobre todo, que no es lo mismo asaltar un pequeño navío que abordar un galeón que, por una vez, los mira de tu a tu.

Las cosas que hay que oír...

Andrés Ugalde V. | andresugaldev@hotmail.com

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