La extraña alianza de la Unión Europea con el Mercosur

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La extraña alianza de la Unión Europea con el Mercosur

Por Jorge Riaboi | 28-11-17

Aunque no es raro ver cómo los gobiernos y la sociedad civil sólo perciben los incendios cuando las cenizas alfombran el piso, es llamativo que nadie se pregunte cómo son las cuentas reales del proyecto de Acuerdo de Libre Comercio que el Mercosur anhela suscribir con la Unión Europea (UE), o por los motivos que tiene el Viejo Continente para profundizar, en este contexto global, su doctrina de soberanía y autosuficiencia agrícola.

La respuesta es fácil. Para los Miembros del Euro-Parlamento la autosuficiencia nunca fue un desafío económico, sino una compleja operación política. Un nuevo ardid para sustituir las importaciones de soja y otros productos que actualmente obtiene en los Estados Unidos, Brasil y la Argentina, por una producción local fuertemente subsidiada útil para mimar a sus privilegiados votantes rurales y a los lobistas de su teocracia verde.

Por ese y otros motivos, el principal error que trae a cuestas el proyecto de Acuerdo de Libre Comercio no surge, como se dijo días atrás, de las ridículas cuotas de carnes y biocombustibles que propuso Bruselas, o del evidente desequilibrio global de las concesiones recíprocas. La mami del borrego está en otro lado. En la completa omisión de reglas birregionales para neutralizar el proteccionismo regulatorio de Europa y en la necesidad de saber si nuestro prospectivo socio alberga desdén o simpatía hacia la destructiva manipulación agrícola que alientan países como China, India y Estados Unidos.

De poco servirá que el Mercosur obtenga el premio consuelo de ver cuotas decentes de acceso al mercado europeo, si los exportadores se topan con barreras sanitarias, ambientales, de calidad o climáticas que en la vida real no responden a los propósitos que se esgrimen para justificar su existencia. O si Bruselas administra los mecanismos de defensa de la competencia con fundamentos de dudosa legitimidad como los empleados para cerrarle el paso al biodiesel de la Argentina, Indonesia y Estados Unidos. O si Bruselas reconduce los remanentes subsidios agrícolas a la noción de respaldar con fórceps la antedicha sustitución de importaciones de soja y leguminosas.

Desde hace más de cinco años Bruselas, y especialmente el Euro-Parlamento, se pasan por el Arco del Triunfo la legalidad OMC y construyen, a la vista de todos, un nuevo reino Disney de la soberanía agrícola, en el que claramente sobresale el objetivo de importar menos, mucho menos. Atrás quedó la Cumbre Presidencial de FAO de 1999, donde se exaltaba la noción de que el comercio aporta una herramienta central y legítima para garantizar la seguridad y el desarrollo alimentario. Este último retroceso conceptual, cuyos reflejos prácticos fueran anticipados caso por caso en las columnas que me fueron publicando El Cronista y otros medios, ya no requiere de especulaciones ni de un análisis fraccionado. Cualquiera puede leer la versión oficial y consistente del enfoque europeo en varios documentos públicos y en una medida no arancelaria de las últimas horas. Al hacerlo le convendrá recordar que el Euro-Parlamento tiene la facultad de aprobar o rechazar la mayoría de las políticas regionales, lo que incluye a los tratados como el que proyectan la UE y el Mercosur, o las disposiciones vinculadas con el nuevo catecismo de Soberanía Agrícola

Quien desee certificar la existencia de estos hechos, haría bien en mantener prudente silencio hasta leer y entender los diversos borradores del proyecto titulado Una Estrategia Europea para la Promoción de Cosechas Proteicas-Estimulando la Producción de Proteínas y Plantas Leguminosas en el Sector Agrícola Europeo; la Declaración oficial sobre la Soja Europea (de julio de 2017) que suscribieron trece ministros de Agricultura del Viejo Continente y las nuevas reglas sanitarias sobre productos orgánicos, donde la UE se permite desconocer, en forma unilateral, a partir de 2022, el concepto de Equivalencia consagrado por la Ley Internacional (el Acuerdo Sanitario y Fitosanitario de la OMC).

Ahí también se puede hallar la trazabilidad del objetivo europeo de sustituir por producción local las importaciones de la soja y otros insumos que hasta el momento se cubren, en un 75%, con el abastecimiento que el aludido mercado recibe de los Estados Unidos, Brasil y la Argentina (los Ministros de Agricultura de la UE calcularon que, entre 2013 y 2015, tal comercio alcanzó a 36,1 millones de tns soja año). Ese dato ayuda a explicar la obstinada decisión europea de prohibir cualquier producto que tenga rastros de los plaguicidas glifosato y el glufosinato a partir de 2022, algo que recién en estos días comienza a denunciar vigorosamente el Presidente de AAPRESID, ingeniero Pedro Vigneau.

Este columnista puede compartir el link para llegar a esos documentos y explicar, hasta donde le da el bocho, el significado específico e histórico del documento sobre Sustancias Proteicas y Leguminosas (cuyo debate está en fulminante progreso).

El borrador de Sustancias Proteicas demanda ni más ni menos que el absoluto revisionismo del Acuerdo Blair House de 1992 entre Estados Unidos y la Unión Europea, lo que supone ignorar el entente que sirvió para aprobar el Acuerdo sobre Agricultura de la OMC y, por carácter transitivo, finalizar con éxito la Ronda Uruguay del GATT.

Con el Blair House Washington y Bruselas se repartieron las fichas. Europa se quedó con su producción subsidiada y protegida de cereales y dejó en cero el arancel para la soja bajo las condiciones que luego se asentaron en las Listas regionales (de la CEE-12 y CEE 15 de entonces) de Compromisos de Acceso a los Mercados y sobre Subsidios de la Ronda Uruguay, así como en las reglas del Acuerdo sobre Agricultura.

El replanteo europeo confirma que: a) a Bruselas y Estrasburgo no les molesta producir soja europea en un contexto anti-económico y con dosis industriales de subsidio; y b) que los legisladores del Viejo Continente deberán explicar con seriedad por qué la extensión de la frontera sojera en territorio americano les resulta un mortal pecado ambientalista, mientras en Europa el mismo cuento deviene en una indiscutible virtud celestial. ¿Europa primero (Europe First)?.

Uno de los argumentos centrales para respaldar la sustitución de importaciones de Sustancias Proteicas, es que mientras el abastecimiento extranjero a la UE no parecer estar sujeto a las reglas medio ambientales comunitarias, la producción nativa sólo agrega equilibrio en la explotación agrícola, empleo y mercadería no contaminada por eventos con OGMs, cuya producción está prohibida en el Viejo Continente. La propia agencia científico-sanitaria de Europa, la EFSA, nunca convalidó semejante delirio.

En el jubileo de la Soberanía Agrícola, los legisladores de la UE también recomiendan exportar ese chiste prehistórico a las reglas de la OMC, que es la única barbaridad que falta para esmerilar los pilares del comercio mundial. Obviamente, un generoso regalo de nuestros amigos europeos al desarrollo de la Conferencia Ministerial de Buenos Aires.

Jorge Riaboi, diplomático y periodista

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source: El Cronista