Libre comercio y la paradoja del neoliberalismo

Libre comercio y la paradoja del neoliberalismo

Por Sebastián Vallejo , 22-7-16

En un artículo publicado por Pablo Lucio Paredes en El Universo, el sábado 16 de junio, sobre la posibilidad de que Ecuador salga de la CAF como una movida para poder “aplicar restricciones comerciales a los vecinos”, comienza con la siguiente frase: “Hay que siempre recordar un principio básico de la economía: todo lo que potencia los intercambios libres, internos o externos es bueno para los individuos de una comunidad. La razón es muy simple: la libertad de comercio empuja a la especialización, producción, productividad, innovación, etcétera”. Así, suena simple. La teoría de las ventajas comparativas es simple, elegantemente ricardiana. También, al igual que el modelo ricardiano, está llena de suposiciones generales y lejanas a la realidad.

Los países que se liberalizan, o que entran en procesos de liberalización, y que han servido de ejemplo para convencernos de las bondades de liberalizarse, no lo hacen sin contextos, sin características internas que determinan su decisión por liberalizarse. Es decir, no es aleatoria la decisión para que un país liberalice su economía. Hay condiciones previas que permiten que un país se beneficie de la libertad de comercio, esa que se pregona a través de los TLC y similares.

Y cuando esta decisión no se toma como la consecuencia orgánica de un proceso económico interno (que incluye fuerte proteccionismo, como lo hizo Estados Unidos, Europa, Japón, y hasta Chile en la época del neoliberalismo de la dictadura -cuando, no nos olvidemos- estatizaron el cobre), tienes modelos fracasados, como el latinoamericano de las década del 90, o, más puro aún, México y el Nafta. En este último, la promesa de eficiencia y economías de escala resultaron en maquiladoras y relativamente bajos niveles de eficiencia ganada. Y desigualdad. Y conflicto.

Y esto se da, en parte, porque muchos de los proponentes de la liberalización económica (que lleva a la especialización o alta concentración sectorial) se olvidan de que esto también lleva a un riesgo más alto asociado a los ciclos económicos internacionales, que obligan al Estado (ese que se pretende eliminar), a compensar a los perdedores de la liberalización (y así nace el estado de bienestar). Es decir, en una democracia hay más de un actor y más de una preferencia, y en lugares donde la apertura lleva también a una disminución de salarios (por ejemplo) también existe un alza en impuestos para redistribuir ese ingreso que será concentrado. Pero en el argumento de Lucio Paredes, estos dos son incompatibles.

Esto no es una apología por el proteccionismo. Es una invitación a un debate más riguroso. Es evitar esas máximas generales y contradictorias. Es repensar la liberalización económica como un proceso que requiere de redistribución (y no de disciplina fiscal), de un sector público amplio y ampliable. En fin, de Estado. Y para entrar en ella, se requiere de un Estado que haya creado las características necesarias previas para que los ‘perdedores’ no sean la mayoría.

El gran problema del (neo) liberalismo es este: avanza una doctrina política disfrazada de simplismos económicos que funcionan en modelos teóricos, pero que en la práctica tienen muchos vacíos e imprecisiones. Más aún, toman los datos cuantitativos nominalmente, sin considerar los mecanismos exógenos y sistemáticos que permiten llegar a estos resultados. Una doctrina cargada de una política elitista que, como el propio Friedman, rechaza toda crítica política y simplifica toda crítica económica.

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source: El Telégrafo