"El TISA es la concesión de la soberanía europea a Silicon Valley y Wall Street"

"El TISA es la concesión de la soberanía europea a Silicon Valley y Wall Street"

Por El Boletín | 8-10-17

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El tratado de libre comercio entre la UE y Canadá (CETA) entró en vigor provisional hace dos semanas y se pasea sin muchas dificultades por el Senado español, cuya comisión de Exteriores dio el miércoles su visto bueno a cuenta de la mayoría absoluta del PP. En una semana en que el conflicto catalán nos ha hecho mirar a Europa en busca de respuestas, el periodista Ekaitz Cancela, autor de “El TTIP y sus efectos colaterales”, conversa con EL BOLETÍN acerca de los tratados de comercio y la política comercial de la UE, pero también sobre el destino más o menos próximo de una Europa que “tiene fe ciega en la integración neoliberal global marcada por Estados Unidos”.

El autor cree que ese dogma acabará “con la soberanía europea” en cuestión de una década y que todo giro social anunciado por la Comisión Juncker no es sino “puro márketing para evitar reconocer que cada día hay un conflicto mayor entre la integración capitalista global y las consideraciones democráticas y sociales de la supuesta Europa del bienestar”.

“No hay ninguna visión democrática y social en el comercio y nunca la ha habido”. Sobre todo lo anterior, Cancela llama a “una problematización urgente de la tecnología y del capitalismo tecnológico” que será, en su opinión, el ataúd en el que el neoliberalismo global acabará enterrando la soberanía de los 27.

¿Qué implicaciones tienen acuerdos de comercio como el CETA?

El CETA sienta una serie de dinámicas comerciales, es una forma de entender el comercio que se aleja mucho de generar y distribuir recursos para crear sociedades más justas y equitativas. Instala una serie de normas que, lejos de fijar la globalización, centran más recursos en los focos de poder financieros, en las grandes multinacionales en general.

Hay derechos muy explícitos en la protección de inversores, pero sin ningún tipo de obligación vinculante para las empresas. Por ejemplo, la comisión de Macron para evaluar el impacto climático del CETA no encontró en el texto ninguna certeza de que se vaya a respetar el principio de precaución europeo. Así que sí, va a ser desfavorable para el clima, porque no hay ninguna obligación específica para que las empresas tengan que respetar aspectos climáticos, de salud pública, seguridad alimentaria, etc.

Todo lo que no es económico, todo lo que no es la exportación de un bien al fin al cabo es superfluo, y lo único que importa es seguir concentrando poder. Porque la UE no es otra cosa que un lugar donde hacer comercio, donde hacer negocios. Lo que ocurre es que cuando la UE, como bloque, decide cómo hacer negocios con otros países, tiene una capacidad para imponer sus normas muy grande. Porque son 28 estados, 27 ahora, y capitaneados por Alemania, que de hecho es la única que tiene superávit comercial, que es una bestia exportadora.

Pero esto está muy lejos de ninguna interpretación del comercio justa o democrática. Ocurre ahora como en los 70 y 80: se trata de abrir los mercados sin ningún tipo de consideración social o democrática.

Lo que ha cambiado ahora con el CETA es que se está redoblando la apuesta, porque esta especie de tribunales de arbitraje, estas listas negativas, la no exclusión horizontal de los servicios públicos, … esto no lo habíamos visto nunca en otros tratados. Se redobla la apuesta al tiempo que se dobla la propaganda: se dice que en un momento en el que Donald Trump ha ganado con un discurso proteccionista y xenófobo es necesaria la visión de la política comercial de la UE abierta, que marque las reglas de la evolución. Esto es propaganda política.

¿Y el esquema basado en estos nuevos tratados de libre comercio es por fuerza negativo para los ciudadanos?

Hasta ahora, la clave de los acuerdos de comercio era eliminar tarifas arancelarias. Pero lo que proponen desechar el CETA y el resto de acuerdos son las no arancelarias: las regulaciones, las políticas de los gobiernos y la UE para organizar su sociedad. Hablamos de clima, seguridad alimentaria, sanitaria, de denominaciones de origen, de cómo entender los alimentos, etc. No es posible decir que no vas a ceder: vas a tener que hacer más o menos cesiones porque estás proponiendo equipararte con otro que es distinto a ti.

Canadá sin ir más lejos se ha opuesto en la OMC a políticas climáticas que favorezcan a EEUU, algo totalmente en contra de la visión de Europa. Y eso no es culpa de valores, ni Derechos Humanos ni ningún eufemismo, es porque las regulaciones canadienses van directamente en contra de las europeas, y estamos tratando de armonizarlas de alguna forma no con el fin de que los ciudadanos y consumidores tengan más derechos, sino con el único fin de que las inversiones lo tengan más fácil para acceder al otro mercado. No hay ninguna visión democrática y social en el comercio y nunca la ha habido.

Los orígenes del comercio en Europa tenían como motivación la situación tras la II Guerra Mundial. Ahora lo que existe es una Europa que enfrenta a ciudadanos furiosos con las élites, que siguen avanzando en su agenda neoliberal: seguir reduciendo el sector público, seguir otorgándole a las multinacionales más facilidades y reducir el papel de un estado para regular el ámbito comercial.

Juncker esgrime que estos tratados son imprescindibles.

Es cierto que son imprescindibles para Europa. Pero para una Europa que es una integración neoliberal global. Europa es uno de los mejores lugares para hacer negocios en el mundo, somos el bloque comercial más poderoso del planeta junto con Estados Unidos. Hay un mercado global que ahora mismo protagonizamos junto a EEUU y algunos de nuestros aliados como Japón o Canadá, por eso hacemos acuerdos con ellos antes de que llegue China, Brasil, India y nos distorsione el esquema. Por eso es necesario: la UE no puede parar de firmarlos porque necesita seguir la ruta hacia la integración neoliberal global marcada por Estados Unidos. Pero porque es una Europa neoliberal, con una visión encasquetada desde los 70 de Thatcher.

Son imprescindibles para la Europa que sienta su ideal en el neoliberalismo. Toda esa retórica del giro social de la comisión Juncker son meros eufemismos propagandísticos para evitar reconocer que cada día más hay un conflicto entre la integración capitalista global y las consideraciones democráticas y sociales de la supuesta Europa del bienestar.

¿Es imposible revertir esta tendencia hoy?

Europa está asentada sobre tratados de comercio, Maastricht, Lisboa, que le encorsetan legalmente; sientan una serie de tendencias en las que pensar diferente es complicado. Claro que puede refundarse, pero para empezar debe haber una visión conjunta a nivel europeo, en el caso de que las izquierdas tengan peso, que se oponga a este proyecto global, y eso pasa por problematizar la tecnología.

Si continúa la globalización, si continúa el progreso capitalista y la integración neoliberal, todo será tecnología de la información, todo será internet, y quien posee las tecnologías más avanzadas ya no es Europa, sino Estados Unidos y China. Si la UE continúa por este camino, tarde o temprano tendrá que elegir: o ser una pata de Estados Unidos, o de China, o ir fluctuando entre ambas. Pero la soberanía europea desaparecerá.

Y aquí el TiSA (Acuerdo sobre el Comercio de Servicios), que está en parón desde la llegada de Trump, entra de lleno: ese tratado supone casi la concesión de la soberanía a Silicon Valley y Wall Street.

En este sentido el CETA es simbólico, es un andamiaje. Pero el problema de sentar mal este andamiaje es los pisos que vengan después. Porque esos pisos son la tecnología, la inteligencia artificial, la extracción de datos a través del comercio, que van a parar a tres compañías estadounidenses y dos chinas. Entonces estamos ante una integración neoliberal global que a la larga va a acabar con la soberanía europea.

No sabemos cómo va a ser el mundo en 20 o 30 años, nadie sabe cómo van a afectar las tecnologías de la información. Y lo que hacen CETA, TTIP y el resto de tratados es sentar una serie de bases que ponen en primer lugar la mentalidad del progreso capitalista de las compañías privadas respecto a cualquier otra consideración.

Lo que quiero decir es que en definitiva el CETA sienta un andamiaje para un mundo que no conocemos, defiende una integración neoliberal que puede que ahora nos vaya muy bien para nuestras industrias automovilísticas o nuestros bancos, nuestras telecomunicaciones. Pero esas industrias van a ser dislocadas en los próximos años por empresas estadounidenses y chinas.

¿Participa Europa entonces en un plan cortoplacista para sus propios intereses?

Europa cree que no, porque cree que siendo un poco duros con la competencia van a poder extrapolar sus reglas al mundo. Que todas las reglas que logren fijar ahora serán mejor para que en el futuro no las establezca China. Es una mentalidad que representa su única alternativa, a menos que quieran dejar de abrazar el neoliberalismo.

La otra opción es dejar que esto no se haga, que en 30 años Europa pierda peso y lo haga China, pero ¿qué más nos da? Teniendo en cuenta que cada vez somos más débiles -porque ahora se irá Reino Unido-, que no tenemos un complejo tecnológico fuerte, que dependemos de la defensa de nuestras fronteras de Estados Unidos a través de la OTAN, ¿qué más da si no somos soberanos en ese esquema? Y a lo que aspira la UE es a confiar en las reglas del mercado universales.

Europa tiene fe ciega en el liberalismo, porque sabe que mientras las leyes del mercado se cumplan no va a haber soluciones militares. Y cree que si continúa confiando en las leyes del mercado va a poder reestablecer las normas de un mundo global, próspero. Pero lo que no tiene en cuenta es qué factor juega el futuro tecnológico, geopolítico y el futuro de la integración capitalista. A la larga el CETA, el TTIP y demás tratados están sentando un andamiaje que convierten a Europa en un eufemismo.

¿Y puede que el fin de esa Europa llegue antes desde su interior?

Yo no me atrevo a pronosticar la desintegración de la UE porque hay que tener en cuenta muchos factores. Estoy seguro de que si llega, y lo ejemplifico con esta broma, llegará mientras se celebra una conferencia sobre los beneficios del libre comercio.

Aumenta el inconformismo de la opinión pública con las élites, y lo estamos viendo en multitud de parlamentos nacionales, al margen de la ultra derecha. Y también en izquierdas populistas. Ambos están emergiendo por un evidente descontento hacia el neoliberalismo. En Francia la mitad de la población ha votado en contra del neoliberalismo.

No sé si se van a poder calmar estas olas, Europa cree que sí, que con estos pequeños giros sociales, estos lavados de cara y de propaganda, se podrá convencer a la opinión pública de las bondades del neoliberalismo. Yo pienso que no, que en el futuro vendrán problemas mayores. Cuando la gente vea que Silicon Valley está determinando la política que se hace en Europa, por ejemplo. Ya hay muchos choques contra la integración europea y pueden aparecer otros: nadie se esperaba el Brexit, ni a Trump, o el terrorismo.

¿Crees que los movimientos sociales que se oponen a este marco neoliberal son capaces de trasladar esto a la opinión pública?

Es fundamental su trabajo, pero soy crítico en el sentido de que hay que problematizar más la tecnología y hay que hacerlo ya. En el TiSA, el 80% del contenido se refiere a servicios. No se puede incidir sólo en que estamos en contra de la Europa de las multinacionales, porque las élites consiguen aislar ese mensaje con mucha facilidad.

Permitimos que se politice el TTIP pero no que se desideologice: sigue estando marcado por los conceptos de las élites.

El comercio siempre ha estado despolitizado, nunca estuvo en el foco político, y ahora lo está. Pero no ha ido acompañado de una narrativa fuerte: se ha politizado pero se ha banalizado el tema, y ahí las élites nos juegan una mala pasada. Porque permitimos que se politice pero no permitimos que se desideologice. Y por mucho que se politice el TTIP, sigue estando marcado por los conceptos de las élites.

Cuando el PSOE se opone al CETA, el primer marco que establece el país o la UE, los medios conservadores y centristas, es que el PSOE está acercándose al comunismo, que rechaza las sociedades abiertas. Las ONG no están tratando de cambiar el marco, solo de oponerse con los marcos que les dan las élites.

Y el TTIP ha muerto porque Trump se ha aprovechado del trabajo de las ONG de los últimos 30 años, y ha convencido a la opinión pública con esa retórica. Donald Trump bebe de las campañas de las ONG contra los tratados de comercio. Y lo peor es que su política será, dentro de este marco, peor que los propios tratados.

Pero tú consideras que la estrategia de las élites europeas es propaganda.

Totalmente. No hay un giro social en Europa, no existe; a lo sumo hay un giro de 3 grados social, después de un giro de 90 grados neoliberal. La retórica de la transparencia no existe. Los acuerdos de comercio no son transparentes. Y aunque lo fuesen, ese no es el problema, sino la endogamia tecnocrática que hay en Bruselas.

No hay un giro social en Europa; a lo sumo hay un giro de 3 grados social, después de un giro de 90 grados neoliberal.

Que la agenda comercial de Alemania se traslade a la europea, que lo que dice Wolkswagen se traslade a la negociación, y el Deustche Bank, y antes la City. Y el CETA es igual.

¿Existe esa preocupación por el capitalismo tecnológico del que hablamos en la cúspide política europea?

Hay una cosa curiosa: hay análisis que salen del propio liberalismo reformista que creen que el neoliberalismo ha ido demasiado lejos. Saben que la UE no ha sabido ver el avance de la tecnología, de la globalización, que está en una encrucijada y que debería retirarse de los tratados de comercio. En mi opinión es un inicio, pero no dejan de mantener una visión liberal.

Pero sí que hay un debate y una preocupación en las altas esferas europeas entre los negociadores. Aún así, son disidentes ideológicos que trabajan día a día para las instituciones de la UE y tienen que seguir avanzando en la agenda europea.

¿Es importante que los tratados pasen por los parlamentos nacionales?

Nadie quiere que pasen porque cualquiera se puede oponer. No deja de ser soberanía popular y voluntad popular, y mientras más se reduzca mejor. Pero, por otro lado, puedes pensar ¿por qué van a tener que votar todos los estados, si somos una Unión Europea? No es que quiera ratificar el CETA en España, lo que quiero es que la UE deje de negociar estos tratados.

Y esto es otro gran dilema: si rechazar la política comercial o hacerla más democrática. Y está ganando la segunda opción. Y para mí es imposible hacerla democrática cuando introduces la tecnología, que de por sí está controlada por dos empresas en todo Occidente. Sin cambiar ese marco, ¿qué más da si no nos dejan ratificarlos?

¿Le presta España suficiente atención a Europa?

España se toma en serio la UE pero tiene demasiados problemas internos. Ahora con Cataluña el Partido Popular no puede plantearse pensar en otra cosa, es su prioridad de legislatura para los próximos tres años. Por mucho que se esfuercen los liberales españoles en repetirlo, España no es relevante en Europa y no quiere serlo, es solo un país que a veces le importa más a Alemania. Pero es un problema, es un país del sur, es un país que si no estuviera gobernado por el PP sería un problema entre la hegemonía conservadora.

En resumen, ¿podríamos extraer que tu propuesta pasa por dar un salto en la reflexión sobre la política comercial europea y colocar la tecnología en el centro?

No se pueden criticar los tratados de comercio si no piensas en cómo es el mundo ahora: un mundo globalizado, donde la utopía tecnológica tiene cada vez más fuerza y se da la mano con un avance del capitalismo que está mutando a digital. Entonces, a la hora de problematizar el neoliberalismo, la globalización y el capitalismo, que son los tres núcleos principales de los que se nutren los ataques al comercio, el análisis debería hacerse correctamente, adaptándolo la actualidad. Y quizá problematizando eso haya una vía de réplica.

Y ya no sólo los tratados, que al fin y al cabo son significantes vacíos que usamos para agrupar distintas proclamas contra el capitalismo global. Errejón en su tesis criticaba que los movimientos antiglobalización no fueron capaces de proyectar un mito ideológico contra el capitalismo global. Y con el TTIP y CETA lo han conseguido.

Solo que este mito ideológico contra el capitalismo lo están aprovechando los Le Pen, los Trump, los partidos de extrema derecha y no la izquierda, porque no tienen un plan.

source: El Boletín