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La pandemia del agro

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Por Oscar Gutiérrez Reyes | 1-12-20

La pandemia del agro

La crisis de los paperos solo refleja las políticas que con tanto ahínco se defienden desde el gobierno y cuyas consecuencias recién se hicieron evidentes para algunos.

Rodolfo Zea Navarro, ministro de Agricultura, escribió el pasado jueves una columna en el periódico El Tiempo que tituló La situación del agro, más allá de la pandemia. La lectura atenta de la misma permite unos comentarios para que, el análisis del ministro Zea, goce del beneficio de la crítica. El tema de la papa merece una mirada detallada de quienes creemos que la situación que vive el agro es de una prolongada pandemia por las políticas que con tanto ahínco se defienden y que con el COVID-19 se hicieron evidentes para millones de colombianos.

El entorno que viven los productores de papa tiene su historia. La política de apertura económica adelantada por César Gaviria y quienes lo sucedieron, además de destruir los institutos del sector que protegían la producción agropecuaria, logró borrar del mapa las siembras de cebada, maíz, avena y trigo en las regiones en las que rotaban con sembradíos de papa, cebolla, frutas y otras legumbres de clima frío. Las importaciones de esos alimentos terminaron eliminando la producción nacional de los mismos y miles de campesinos y empresarios agrícolas nacionales fueron obligados a refugiarse en la papa, la cebolla, unas frutas y la leche que, con los tratados de libre comercio, TLC, tienen el mismo destino de los ya eliminados del paisaje agrícola nacional.

Los cultivos que permitían rotar las siembras desaparecieron y los esfuerzos productivos se concentraron en la papa, razón que lleva a la superproducción, la consiguiente caída de precios de compra y a la quiebra de muchos productores y, también, al paro de las ruanas de 2013 que tiene sus verdaderas razones en esa explicación.

Una revisión de las cifras de papa importada —desde el año del paro— revela crecimientos continuos en volumen y precios. La crisis económica, que asomó las narices el año pasado, más la pérdida de capacidad de compra de millones de hogares por el COVID-19, trajo el cierre de hoteles, colegios y restaurantes y la vertiginosa caída del consumo y con las importaciones del año anterior y las de este, se terminó generando una sobre oferta del producto y la crisis de precios que llevó, a los productores, a vender en las carreteras nacionales y las calles de Bogotá, configurándose un año más de problemas en la comercialización que, al igual que en los años anteriores, tampoco se atienden ni resuelven por quienes deciden las políticas del sector.

Y frente a esa realidad, el ministro afirma que 56.000 toneladas importadas este año no son la muerte del sector ni el fin de la producción nacional; que han apoyado a Fedepapa en su reclamo, justo por lo demás, frente al dumping o competencia desleal o, como lo llaman con acierto algunos, corrupción comercial; que convocó al Consejo Nacional de la Papa para “tomar medidas de fondo en temas como producción, rotación de cultivos, manejo de agua, centros de almacenamiento y transformación; todo esto, unido a una estrategia de agricultura por contrato”.

Para el ministro, 56.000 toneladas de papa importada en 2020 más las existencias de la traída en 2019 no son nada. Para los productores significa aumentar la sobreoferta que baja el precio interno. ¿Para qué traer papa que podemos producir? ¿Para qué beneficiar al productor extranjero y ayudar a generar crisis de precios en el mercado nacional? Y si hay problemas de comercialización y de estacionalidad de las cosechas por manejo de agua, si los programas de almacenamiento y transformación poco funcionan, si las dos millones setecientas mil toneladas que producimos abastecen nuestro mercado, y no hay una política de rotación de cultivos (prometida desde el paro del 2013), ¿para qué seguir importando papa?, ¿para unificar el consumo nacional de la llamada papa a la francesa? Y, de nuestra biodiversidad y variedad de papas, ¿qué?

La solución que proponemos es volver a sembrar lo que se cultivaba en esas tierras, reconstruir lo que se tenía en protección del sector y construir lo mucho que hace falta para desarrollar un agro próspero, pero de eso el ministro nada dice. Su solución es la agricultura por contrato. Pero, esta es limitada y estrecha. Las cifras que da el ministro, así lo prueban. De más de dos millones y medio de productores de alimentos del país, el ministerio aspira a vincular este año a 130.000 señala como un logro ventas —hasta hoy— por un billón de pesos —menos de lo que se vende en un día en Corabastos— y resalta que tiene 734 agentes comerciales vinculados, 30 plataformas digitales y 10.147 productores inscritos desde junio hasta la fecha y, sabiendo los problemas de conectividad y el efecto reducidísimo de la agricultura por contrato, preguntamos: Sr. Ministro, ¿aspira a resolver su cartera, de esa manera, la comercialización de los productos del agro?

De otra parte, la solución coyuntural para los productores de papa está ligada a que el gobierno nacional disponga de recursos suficientes para adelantar una agresiva política de compras públicas del tubérculo —al menos 80.000 toneladas— a precios justos para el productor y la entregue a millones de colombianos que no disponen de ingreso para comprarla. Situación parecida a la que atraviesan otros cultivadores de alimentos, maiceros, plataneros, yuqueros, frijoleros, etcétera. En el arroz se anuncia una crisis parecida.

Sacar el agro nacional “al otro lado” requiere revisar los TLC y una vigorosa política para sustituir por producción nacional, lo que hoy importamos.


 source: Las 2 Orillas